• 24/09/2014
Rocío – Mujer de jugador rehabilitado

3 meses rehabilitada / 35 años / Ayudante de cocina

Llegué a AGRAJER hace dos años. Venía muy perdida, habíamos intentado salir del juego en muchas ocasiones y la asociación fue nuestra última oportunidad.

Mi marido estuvo en servicios sociales, médicos, psiquiatras… pero nada daba resultado ya que nunca habíamos asistido a un centro en el que se tratasen específicamente los problemas de juego patológico. Lo dejaba por un tiempo pero siempre acababa recayendo, incluso llegó a tomar medicación para tratar de frenar sus impulsos, pero nada parecía dar resultado.

Jose Mª me juró muchas veces que no iba a volver a jugar, que era la última vez. Por temporadas parecía avanzar, pero siempre volvía justo en el momento en el que íbamos a levantar cabeza. Me engañaba diciendo que ese mes no le habían pagado, que se le había roto el camión y tenía que repararlo, que se le había perdido la cartera… Incluso llegó a poner denuncias de robo para que yo no me diese cuenta de que todo el dinero iba destinado a las máquinas. También pedía dinero prestado a su familia, a amigos o a camareros de los bares en los que jugaba. Estuvo unos 8 meses sin traer el sueldo a casa y durante ese tiempo también sacaba dinero de la hipoteca para jugar. Terminaba confesando y pagábamos las deudas, hasta que volvía a jugar y yo me acababa enterando. Nuestra relación se convirtió en un círculo vicioso de juego, confesiones de recaída, promesas de cambio, un tiempo de abstinencia y vuelta a empezar. Así estuvimos 7 años. Yo llegué al punto en el que me planteé terminar con mi matrimonio y continuar sola con mis tres hijos. Así llegamos a AGRAJER, con casi todas las esperanzas perdidas.

Comenzamos las terapias y él fue cambiando poco a poco. Los testimonios de sus compañeros le ayudaron a darse cuenta de que no era el único con ese problema, se veía muy arropado. A mí me costó más trabajo porque de primeras no podía sacar fuera todos mis sentimientos. Me di cuenta de que Jose Mª había sido el centro de mi vida todos esos años, siempre preocupada por dónde estaría, cuándo volvería… No tenía vida propia ni podía disfrutar de nada, todo rondaba en torno a él y su problema. Con el tiempo, pude ir expresándole mis sentimientos, haciéndole saber todo por lo que había pasado. Él tuvo que asumir el daño que me había causado y lo poco que me había cuidado en esos años. Fue consciente de que no sólo él estaba mal, sino de que su problema nos había salpicado y afectado a todos.

Cuando llegue a la asociación, necesitaba encontrar algo que tirase de mí, que me empujara a ser fuerte y a perder mi dependencia emocional. En AGRAJER hemos aprendido a vivir tranquilos, ya que después de tantos años yo tenía toda mi confianza en él perdida por completo.

Recomendaría a todas las mujeres que se encuentran en esta situación que abran los ojos y afronten el problema. Esto no se pasa solo, no podemos engañarnos pensando que se solucionará sin ayuda profesional.

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