Fina – Mujer de jugador rehabilitado – Terapeuta de AGRAJER

15 años rehabilitada / 53 años / Ama de casa

Llegué a AGRAJER acompañando a mi marido hace 15 años. Terminamos nuestra rehabilitación y decidí quedarme para ser terapeuta y poder ayudar a los demás con mi experiencia y mi testimonio, ya que a nosotros la asociación nos cambió la vida.

Mi marido y yo vinimos aquí con muchos problemas causados por el juego. Nuestra convivencia era muy mala, apenas teníamos comunicación y no éramos capaces de solucionar todos nuestros malentendidos. Yo antes no podía hablar con él ni decirle cómo me sentía. Amontonábamos los problemas, nos los callábamos y los soltábamos de golpe cuando ya no podíamos más, por lo que siempre estábamos echándonos cosas en cara.

Llegó un día en que Enrique nos pidió ayuda, reconoció que tenía un problema y que nos necesitaba para superarlo. Dada la situación y lo mal que estábamos en ese momento, yo admito que, de no haber sido por mi hija, me habría separado. Aun teniendo 14 años, ella me hizo ver que mi marido estaba enfermo y que por fin lo estaba admitiendo. Decidí finalmente darle una segunda oportunidad y así es como llegamos a AGRAJER.

Los primeros meses fueron muy duros porque Enrique venía obligado. Sin embargo, fue escuchando los testimonios de sus compañeros y de los terapeutas cuando abrió los ojos y empezó a ser consciente de la situación que había llegado a crear en su propia casa. Al verse identificado, reaccionó y se dio cuenta de que, si ellos habían podido cambiar su vida, él también lo conseguiría.

A partir de ahí, empezamos a hacer bien las cosas y mi marido se rehabilitó. Con el tiempo, Enrique fue afrontado la situación, aunque yo también tuve que cambiar muchas cosas, sobre todo en mi forma de comunicarme con él. Ahora somos más claros el uno con el otro y vamos haciendo frente a las dificultades los dos juntos.

Mi marido cambió al 100% durante su tratamiento. Era una persona completamente irresponsable, no aceptaba que tenía una familia a la que cuidar, hacía su vida, salía y entraba por su cuenta y no nos tenía en cuenta ni a sus hijos ni a mí. Enrique tuvo que aprender a ser adulto, a ser padre y compañero. Antes no parecía querer evolucionar, me decía que eso era lo que había, que yo no podía cambiarlo, y nunca era capaz de pedir perdón ni reconocer sus faltas. Ahora, me sigue dando tranquilidad y confianza ya que nunca ha vuelto a recaer en estos 15 años.

Como terapeuta, trato de devolver a la asociación un poquito de lo mucho que me dieron a mí, me hace sentir bien saber que puedo ayudar a personas que están atravesando lo mismo que yo viví.

A la gente que va llegando, trato de trasmitirles que éste es un problema que tiene solución y que se puede arreglar. Es muy importante asumirlo y aquí te dan recursos para hacerlo. Sin embargo, hay que partir de la aceptación de la enfermedad y querer salir realmente de ella. Nosotros lo conseguimos y ahora tenemos una vida completamente normal, las cosas pueden cambiar.

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